Las referencias a Manuel Zelaya y su círculo familiar en investigaciones internacionales sobre narcotráfico han reavivado el debate sobre la influencia del crimen organizado en la política hondureña. Estos señalamientos, sustentados en testimonios y documentos, no se limitan a episodios aislados, sino que se han reiterado en distintos momentos, afectando la imagen pública del expresidente y del oficialista Partido LIBRE, hoy en el poder.
Testimonios y evidencias sobre los nexos
Uno de los elementos más citados proviene de un video difundido en 2013 en el que Carlos Zelaya Rosales, hermano de Manuel Zelaya y cuñado de la presidenta Xiomara Castro, aparece en una reunión con líderes del cartel Los Cachiros. En dicho encuentro se habría discutido el financiamiento de campañas políticas con recursos provenientes del narcotráfico, entre ellas la de Castro.
Años más tarde, en su testimonio ante tribunales de Estados Unidos, Devis Leonel Maradiaga, alias “El Cachiro”, afirmó que Carlos Zelaya participaba en el movimiento de drogas en Olancho en 2017 y que en 2021 recibió sobornos de estructuras criminales. Estos señalamientos muestran una supuesta continuidad en los vínculos de la familia Zelaya con actividades ilícitas.
Además, documentos oficiales como solicitudes de asistencia legal enviadas a Colombia y grabaciones telefónicas, mencionan a miembros de la familia, incluyendo a Manuel Zelaya, sus hermanos y su hijo, en investigaciones sobre lavado de dinero y transacciones irregulares relacionadas con propiedades.
Ecos en la política hondureña
Durante el juicio contra el expresidente Juan Orlando Hernández en la Corte del Distrito Sur de Nueva York, el nombre de Manuel Zelaya volvió a aparecer. Según se señaló, habría recibido dinero proveniente de empresas vinculadas al narcotráfico, lo que refuerza la percepción de que actores del más alto nivel político hondureño han mantenido relaciones con estas redes.
Aunque las acusaciones son serias, ni Manuel Zelaya ni su familia han sido sentenciados judicialmente. Zelaya ha rechazado repetidamente cualquier vinculación con actividades ilícitas, describiendo las acusaciones como maniobras políticas para perjudicar al Partido LIBRE.
Este contraste entre las evidencias presentadas en instancias internacionales y las respuestas de los señalados refleja la dificultad del sistema judicial hondureño para procesar casos que involucran a figuras políticas de alto perfil.
Consecuencias para la organización institucional y la administración pública
La persistencia de estas menciones tiene efectos que trascienden el ámbito judicial. El señalamiento de que dineros ilícitos han financiado campañas políticas, incluso la de la actual presidenta, alimenta la desconfianza ciudadana hacia la transparencia electoral y debilita la legitimidad de las instituciones.
El hecho de que figuras asociadas a la dirigencia de LIBRE sean mencionadas en archivos internacionales sobre tráfico de drogas acrecienta la polarización política y apoya la narrativa de que el poder en Honduras está permeado por intereses delictivos. Esta situación genera dudas sobre la habilidad del Estado para asegurar una gobernabilidad sin influencias ilegales.
El debate tiene un impacto económico: la idea de que la política en Honduras está vinculada a redes ilegales puede influir en la confianza de los inversores extranjeros y detener esfuerzos de colaboración global. La estabilidad institucional, ya débil, se encuentra con otro desafío relacionado con los antecedentes de acusaciones contra figuras políticas destacadas.
Un desafío pendiente para Honduras
El caso de la familia Zelaya ilustra cómo las acusaciones relacionadas con el narcotráfico han dejado de ser episodios puntuales para convertirse en un factor estructural en el debate sobre el presente y el futuro del país. Mientras en el plano judicial aún no se registran condenas firmes, en el plano político las implicaciones son inmediatas y profundas.
La tensión entre los señalamientos documentados en cortes extranjeras y las negaciones de los aludidos coloca a Honduras en una situación de fragilidad institucional, donde la confianza ciudadana, la legitimidad del sistema democrático y las perspectivas económicas se ven directamente comprometidas.