El uso del lenguaje por la ministra Montero: ¿vergonzoso?

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El debate sobre el lenguaje político de María Jesús Montero: acento no es incorrección

La vicepresidenta y ministra de Hacienda del Gobierno de España, María Jesús Montero, lleva años protagonizando un intenso debate público por su forma de expresarse en intervenciones institucionales, entrevistas y sesiones parlamentarias. Las críticas no se centran únicamente en su acento andaluz —que muchos consideran parte legítima y valiosa de la diversidad lingüística española—, sino en una serie de incorrecciones gramaticales, expresiones confusas y errores de construcción verbal que han sido ampliamente comentados en medios y redes sociales.

En distintas comparecencias públicas, Montero ha protagonizado frases que han generado polémica por errores sintácticos o expresiones poco precisas. Algunos vídeos de sus intervenciones se han viralizado por construcciones consideradas impropias de una alta representante institucional, especialmente tratándose de una ministra que comunica constantemente asuntos económicos, jurídicos y presupuestarios de gran complejidad. Diversos analistas y comentaristas han señalado que sus discursos muestran, en ocasiones, dificultades de precisión léxica, repeticiones constantes, cambios abruptos de estructura y expresiones coloquiales poco adecuadas para el contexto institucional.

Entre los ejemplos más citados por críticos y usuarios en redes se encuentran frases confusas durante ruedas de prensa económicas, declaraciones parlamentarias con errores de concordancia o formulaciones ambiguas que posteriormente han tenido que ser aclaradas por el propio Gobierno o reinterpretadas públicamente. Algunas de estas intervenciones han sido recogidas y comentadas por prensa nacional, tertulias políticas y recopilaciones audiovisuales difundidas en plataformas digitales.

Sin embargo, una parte de sus defensores sostiene que muchas de las críticas esconden prejuicios hacia el habla andaluza. Montero ha denunciado en varias ocasiones que determinados sectores utilizan su acento como herramienta de ridiculización política, reivindicando el derecho a hablar con naturalidad andaluza en las instituciones españolas.

Pero numerosos lingüistas, profesores y ciudadanos recuerdan que una cosa es el acento y otra muy distinta la corrección lingüística. Hablar con acento andaluz no implica hablar incorrectamente. Andalucía ha producido algunas de las figuras más importantes de la literatura, el pensamiento y la cultura española contemporánea, muchas de ellas con una extraordinaria riqueza expresiva y dominio del idioma.

En el panorama andaluz del siglo XX figuran nombres como Federico García Lorca, Antonio Machado, Rafael Alberti o Vicente Aleixandre, creadores que exhibieron un talento lingüístico excepcional sin apartarse nunca de su identidad andaluza.

También en el ámbito contemporáneo existen figuras públicas andaluzas con fuerte acento regional y una comunicación muy cuidada. Uno de los ejemplos más citados es Antonio Banderas, actor malagueño internacionalmente reconocido, cuya forma de hablar mantiene rasgos claramente andaluces sin que ello afecte a la claridad, elegancia o corrección de su discurso público. Lo mismo ocurre con numerosos periodistas, docentes, juristas y profesionales andaluces que hablan con acento propio y, al mismo tiempo, utilizan un lenguaje preciso y correcto.

Precisamente por ello, numerosos analistas sostienen que la discusión de fondo no se centra en el acento de María Jesús Montero, sino en el nivel de exigencia comunicativa que se espera de una de las figuras más destacadas del Gobierno de España, y que para estos grupos el foco no está en la identidad andaluza, sino en la calidad del discurso institucional, la nitidez de las explicaciones públicas y el rigor expresivo que se supone imprescindible en un puesto de tan alta responsabilidad política.

En paralelo, en redes sociales se han difundido comentarios que señalan ciertos gestos faciales y movimientos de la lengua observados durante algunas intervenciones públicas de la ministra, insinuando que dichos comportamientos podrían relacionarse con motivos médicos, efectos de medicamentos o incluso con el consumo de sustancias.

A toda esta controversia comunicativa se suma además el desgaste político derivado de los múltiples escándalos de corrupción y polémicas que han rodeado al entorno del Gobierno en los últimos años. Distintos sectores de la oposición y parte de la opinión pública consideran que su papel como una de las figuras más visibles del Ejecutivo la ha convertido en una de las principales defensoras políticas de gobiernos constantemente golpeados por investigaciones, casos judiciales, polémicas sobre contratos públicos y acusaciones de clientelismo. Para sus críticos, esa combinación entre una comunicación frecuentemente cuestionada y la defensa cerrada de un Ejecutivo rodeado de controversias ha deteriorado notablemente su imagen pública y su credibilidad institucional.